sábado, 31 de mayo de 2014

Los primeros Concilios ecuménicos y las herejías.

Primer Concilio de Nicea. Año 325
I concilio ecuménico. Reunido por el Emperador Constantino durante el pontificado de San Silvestre. Contra el arrianismo.

Es el Primer Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica, que se celebró en el año 325 con motivo de la herejía de Arrio (Arrianismo). Anteriormente, en el año 320, o en el 321, San Alejandro, obispo de Alejandría, había convocado en dicha ciudad un concilio en el cual más de cien obispos de Egipto y Libia anatematizaron a Arrio. Pero éste continuó oficiando en su iglesia y reclutando adeptos. Cuando, finalmente, fue expulsado, se dirigió a Palestina y, desde allí, a Nicomedia. Durante este tiempo, San Alejandro publicó su "Epistola encyclica", que fue contestada por Arrio; a partir de este momento fue evidente que la polémica había llegado a un punto que escapaba a la posibilidad del control humano. Sozomenes menciona un Concilio de Bitinia del que surgió una encíclica dirigida a todos los obispos solicitándoles que recibieran a los arrianos en la comunión de la Iglesia. Esta disputa, junto con la guerra que pronto estalló entre Constantino y Licinio, complicó la situación y explica, en parte, el agravamiento del conflicto religioso durante los años 322-323.

El arrianismo tomó su nombre de Arrio (256-336) sacerdote de Alejandría y después obispo libio, quien desde el 318 propagó la idea de que no hay tres personas en Dios sino una sola persona, el Padre. Jesucristo no era Dios, sino que había sido creado por Dios de la nada como punto de apoyo para su Plan. El Hijo es, por lo tanto, criatura y el ser del Hijo tiene un principio; ha habido, por lo tanto, un tiempo en que él no existía. Al sostener esta teoría, negaba la eternidad del Verbo, lo cual equivale a negar su divinidad. A Jesús se le puede llamar Dios, pero solo como una extensión del lenguaje, por su relación íntima con Dios.
Admitía la existencia del Dios único, eterno e incomunicable; el Verbo, Cristo, no divino sino pura creatura, aunque más excelsa que todas las otras y escogido como in
San Silvestre, Papa.
Finalmente, después de haber vencido a Licinio y haber sido proclamado emperador único, Constantino se ocupó de restablecer la paz religiosa y el orden civil. Envió cartas a San Alejandro y a Arrio lamentando sus acaloradas controversias relativas a asuntos sin importancia práctica y aconsejándoles que se pusieran de acuerdo sin demora. Era evidente que el emperador no se daba cuenta entonces de la importancia de la controversia de Arrio. Osio de Córdoba, su consejero en asuntos religiosos, llevó la carta del emperador a Alejandría, pero fracasó en su misión conciliatoria. Ante esto, el emperador, aconsejado tal vez por Osio, pensó que no había mejor solución para restaurar la paz en la Iglesia que convocar un concilio ecuménico.

Constantino el Grande.
El propio emperador, en unas respetuosas cartas, rogó a los obispos de los distintos países que acudieran sin demora a Nicea. Asistieron al Concilio varios obispos de fuera del Imperio Romano (por ejemplo, de Persia). No queda demostrado históricamente si el emperador, al convocar el Concilio, actuó por su cuenta y en su propio nombre o si lo hizo de acuerdo con el Papa; sin embargo, es probable que Constantino y Silvestre hubieran llegado a un acuerdo. Con objeto de facilitar la asistencia al Concilio, el emperador puso a disposición de los obispos los medios de transporte públicos y los correos del imperio; incluso, mientras se celebraba el Concilio, aportó provisiones abundantes para el mantenimiento de los asistentes.

La elección de Nicea fue positiva para facilitar la asistencia de un importante número de obispos. Era fácilmente accesible para los obispos de casi todas las provincias, pero especialmente para los de Asia, Siria, Palestina, Egipto, Grecia y Tracia. Las sesiones se celebraron en el templo principal y en el vestíbulo central del palacio imperial. Verdaderamente, era necesario un gran espacio para recibir a una asamblea tan numerosa, aunque el número exacto de asistentes no se conoce con certeza. (…) La apertura del Concilio se realizó por Constantino con gran solemnidad. El emperador esperó, antes de realizar su entrada, a que todos los obispos hubiesen ocupado sus lugares. (…) Después de ser saludado en una breve alocución, el emperador pronunció un discurso en latín, expresando su deseo de que se restableciera la paz religiosa. El emperador abrió la sesión en calidad de presidente honorífico y, además, asistió a las sesiones posteriores, pero dejó la dirección de las discusiones teológicas, como era justo, en manos de las autoridades eclesiásticas del Concilio. Parece que el presidente fue, realmente, Osio de Córdoba, asistido por los representantes del Papa, Víctor y Vincentius. Las discusiones teológicas se sucedieron diariamente. Rufino nos dice que se celebraron sesiones diarias y que Arrio era citado a menudo antes de la asamblea; sus opiniones se discutían seriamente y se escuchaban con atención los argumentos en contra. La mayoría, especialmente quienes eran defensores de la fe, se declararon enérgicamente contra las impías doctrinas de Arrio.

A Osio y a San Atanasio, hay que atribuir una influencia preponderante en la formulación del símbolo del Primer Concilio Ecuménico, del cual el texto que figura a continuación es una traducción literal:
Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, esto es, de la sustancia [ek tes ousias] del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre [homoousion to patri], por quien todo fue hecho, en el cielo y en la tierra; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y a muertos. Y en el Espíritu Santo. Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado; y que Él fue creado de la nada (ex ouk onton); o quienes mantienen que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre], o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios, [a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza.

La adhesión fue general y entusiasta. Todos los obispos, salvo cinco, se declararon prestos a suscribir dicha fórmula, convencidos de que contenía la antigua fe de la Iglesia Apostólica. Asimismo, rechazaban las doctrinas de Arrio (…) De todas las Actas del Concilio, que, según se ha afirmado, fueron numerosas, solamente han llegado hasta nosotros tres fragmentos: el credo, o símbolo, reproducido más arriba; los cánones; y el decreto sinodal.

                                                     Primer Concilio de Constantinopla. Año 381
II concilio ecuménico. Reunido durante el pontificado del Papa San Dámaso y el Emperador Teodosio el Grande.
Después del Concilio de Nicea, la herejía arriana, según la cual Jesús de Nazaret era solo un hombre que habría sido adoptado por Dios, seguía provocando polémicas y sumando seguidores. El mismo emperador Constantino, que había precedido Nicea, se había pasado a la otra orilla, favoreciendo a los obispos arrianos... Por ello, el emperador Teodosio, que llegó al trono en 379, convocó a una nueva reunión solemne, pero esta vez no habría sido él quien la presidiera, sino los obispos Melecio de Antioquía (de la iglesia fundada por Pedro y segunda después de Roma) y Gregorio Nacianceno. Estuvieron presentes 150 obispos, todos orientales, en mayo de 381. En Roma estaba el Papa Dámaso I, cuya autoridad estaba ya fuera de discusión.
 Macedonio, patriarca de Constantinopla, admitía la divinidad del Verbo pero la negaba en el Espíritu Santo; decía que era una criatura de Dios, una especie de superministro de todas las gracias.   Reunido durante el pontificado del Papa San Dámaso y el Emperador Teodosio el Grande, reafirmó la divinidad del Espíritu Santo. 

Teodosio El Grande.
Un año antes, con el edicto “Cunctos Populos”, el mismo emperador Teodosio había querido reafirmar solemnemente que el canon, es decir la “regla” de la fe que medía la pertenencia a la Iglesia era «la fe de Pedro». La primera decisión del nuevo Concilio fue la explícita mencióndel Espíritu Santo, porque comenzaba también a extenderse la influencia de los Pneumatómacos (o macedonianos, por el nombre del obispo Macedonio de Constantinopla), que estaban en contra de la afirmación de la divinidad del Espíritu Santo.

Se formuló la profesión de fe llamada Credo “niceno-constantinopolitano”, que afirmaba la divinidad del Padre, del Hijo eterno encarnado en Jesús de Nazaret y del Espíritu Santo. ¿Novedad? ¡No! El primer escrito del Nuevo Testamento, la Primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses, que fue escrita entre el 40  el 50, comienza nombrando en los primeros versículos al Padre, a Jesucristo su hijo y al Espíritu Santo.

El Concilio también condenó la herejía “apolinarista”, por el nombre del obispo Apollinare que la había formulado, perfecto envés de la herejía arriana: de hecho, los apolinaristas afirmaban que Jesús de Nazaret, verdadero Dios, era solo de forma imperfecta hombre, sin verdadera alma humana, cuya función la desarrollaba la misma divinidad. Además de las reglas doctrinales, el Concilio reguló la vida práctica de las Iglesias de la época, delimitando las provincias eclesiásticas, independientes las unas de las otras, y se declaró que Constantinopla era la “segunda Roma”, cuyo obispo era un patriarca segundo en el orden jerárquico tras el obispo de Roma.

La conclusión del Concilio se dio con un decreto imperial con el que Teodosio pidió que todas las Iglesias reintegraran a los obispos que habían sido destituidos por los arrianos porque habían afirmado la igualdad entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.  Hay que recordar que el Papa Dámaso, desde Roma, aprobó los decretos del Concilio. Así que eran dos las cuestiones importantes:  Jesús verdadero Dios y hombre verdadero, y la afirmación de la Trinidad divina. Las discusiones posteriores (como veremos) se concentrarían sobre la forma para pensar la integración en la persona de Cristo de ambas naturalezas, humana y divina... Pero eso se daría en el siguiente Concilio, de Calcedonia en 451, que comenzó con el reconocimiento formal del verdadero ecumenismo de este primer Concilio de Constantinopla, convocado por Teodosio y aprobado por Dámaso I, obispo de Roma y sucesor de Pedro.


Concilio de Éfeso. Año 431
III concilio ecuménico. El emperador era Teodosio II, y el Papa San Celestino I.
Habían pasado exactamente 50 años del primer Concilio de Constantinopla, pero el problema que se discutía con aspereza seguía siendo el de la relación entre la humanidad y la divinidad de Jesús de Nazaret, Cristo, es decir Mesías y Salvador. Había dos escuelas: en Alejandría, el obispo Cirilo defendía la doctrina de Nicea: Jesús como hombre verdadero y como Dios verdadero. En Antioquia, en cambio, el obispo Nestorio insistía en que Jesús era un hombre verdadero, pero Dios solo por una especie de adopción divina. Por ello, según la primera escuela María, madre de Jesús, también era la madre de Dios (“theotòkos”), mientras que para la segunda escuela era solo la madre de Cristo, es decir la que llevaba a Dios dentro de sí (“theòphoros”)…

La discrepancia era dura y antigua; ya el Papa Celestino I, en 430, había convocado a una reunión en Roma con obispos que indicaban que Jesús era un verdadero Dios y un verdadero hombre, pero las discusiones eran tan fuertes que incluso representaban una amenaza para el Imperio. Por ello, Teodosio II, emperador, quiso convocar a un nuevo Concilio (que se llevó a cabo durante el verano de 431) de todo el mundo habitado, llamado “Ecumène”, y al que invitó a todos los obispos, sobre todo al de Roma, Celestino I, que decidió enviar a dos representantes y a una mente genial: Agustín de Hipona. Lo malo fue que murió en 430, antes de que empezara el Concilio.

El Concilio constó de tres sesiones de discusión y finalmente sentenció, definiendo el dogma de la Santísima Trinidad. Se subrayó desde el comienzo la postura de Nicea y Constantinopla, los Concilios anteriores, llamada “unitaria”, porque indican que las dos naturalezas, divina y humana, están perfectamente unidas: Jesús de Nazaret es el Verbo de Dios, Dios como el Padre y el Espíritu Santo, que nació verdaderamente como hombre del vientre de María, quien, por lo mismo, es la verdadera Madre de Dios.
 También se dio la condena casi inmediata y unánime de la doctrina del obispo Pelagio, quien consideraba que la naturaleza humana no estaba marcada por el pecado original, por lo que podía obtener la salvación tan solo con sus fuerzas naturales.

Concilio de Calcedonia. Año 451
IV concilio ecuménico.

El Cuarto Concilio Ecuménico, tuvo lugar en el 451, desde Octubre 8 hasta el 1 de Noviembre, en Calcedonia, una ciudad de Bitinia en Asia Menor. El emperador fue Marciano y el Papa: León I El Magno. Su principal propósito fue defender la doctrina Católica ortodoxa en contra de la herejía de Eutiques y los Monofisistas. Por combatir fervorosamente las doctrinas de Nestorio, surgió entonces el error opuesto a esa herejía. Nestorio dividió lo divino y lo humano en Cristo, de tal forma que pensó en la existencia de dos seres en Cristo, los Monofisistas hablaban de la unidad física de Cristo, sostuvieron que las dos naturalezas existentes en Él, la divina y la humana, estaban tan íntimamente unidas que llegaban a ser físicamente una, la divina. Así resultaba un Cristo, no solo con una sola persona sino también con una sola naturaleza, negando su naturaleza humana. Los principales representantes de esta enseñanza fueron Dioscoros, patriarca de Alejandría, y Eutiques, un presidente de un monasterio fuera de Constantinopla. El error Monofisista, tal como fue llamado (del griego mono physis, una sola naturaleza), reclamó la autoridad de San Cirilo, a causa de las imprecisiones en algunas expresiones del gran profesor de Alejandría. Tras dieciséis sesiones de debate, esas afirmaciones fueron encontradas por el Concilio como contrarias a la ortodoxia cristiana y enmendada en confirmación también de lo sentenciado en los tres Concilios anteriores.

 Fuente: www.es.catholic.net   Enciclopedia católica:  Historia de la Iglesia. Selección y adaptación. 

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